ES EL ESPÍRITU SANTO ¿ES DIOS?

El mundo cristiano en general ha sido instruido equívocamente, enseñando que el Espíritu Santo es una persona de la Divinidad, en oposición a lo que revelan las Escrituras. Esta enseñanza surge en el Concilio de Nicea, convocado por Constantino en el año 325, bajo el gobierno papal de Silvestre I, en donde la Iglesia Romana aprobó «la doctrina de la trinidad».

En el libro, «Historia del Pensamiento Cristiano» se explica como el surgimiento del «arrianismo», entre otras creencias heréticas, habían puesto en crisis la estabilidad de la iglesia; entonces, ante la necesidad de lograr para sí el apoyo de éste importante segmento social del Imperio, el Emperador Constantino cita el Concilio de Nicea con el objeto de terminar con las controversias dentro del seno de la misma, respecto al Señor Jesús y otros principios. De esta manera surge el planteamiento «del dios Espíritu Santo», la tercera persona de la trinidad.

Las SS.EE.  enseñan que el ESPÍRITU SANTO, es una PODER de Dios, NO UNA PERSONA de Dios. La palabra hebrea «Ruach» y la griega «Neuma» derivan al español en la palabra ESPÍRITU, el sentido general de ellas desde la perspectiva semántica es «fuerza o energía que emana de Dios» Las Escrituras nos enseñan que, cuando Jesús se manifestó a sus discípulos, luego de su resurrección, “sopló” sobre ellos y con esto les impartió la energía del Espíritu Santo, para que pudieran asumir las responsabilidades que recaerían sobre sus hombros cuando Él regresara al Padre (Juan 20: 21-23)  Luego en Hechos capítulo 2 en la Fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo es derramado en el Aposento Alto, no mediante una persona que aparece entre los presentes, sino, “… en el estruendo como de un viento recio que corría el cual hinchió toda la casa donde estaban; y fueron todos llenos del

Espíritu Santo…”. (Hechos 2:2-4) La teoría respecto a que el Espíritu es una persona se basa en las escrituras del Apóstol Juan que señalan que el Espíritu Santo «daría testimonio, enseñaría, oiría, hablaría (Juan16: 13-14)», y como éstas son funciones que deben ser ejecutadas por alguien, este alguien debe ser una PERSONA. A esta conclusión puede llegar, fácilmente, un lector inexperto en la interpretación del lenguaje bíblico. La caracterización que hacen las SS.EE del Espíritu Santo por medio de la personificación, es un procedimiento literario que consiste en atribuir cualidades de individuos a elementos que no lo son. Por ejemplo, en el Libro de proverbios 9:1-6 dice: «…La sabiduría «LABRÓ» sus siete columnas…”, en el lenguaje lírico utilizado en los libros sapienciales de la Biblia es común encontrar este tipo de recursos literarios. Es obvio, que cuando el texto citado dice «LABRÓ sus siete columnas…», “labrar” es una acción propia del hombre, y en esta oportunidad, alude a un significado más profundo que el textual. En el tiempo del Señor Jesús, en las enseñanzas impartidas oralmente, según la metodología griega que era la cultura imperante en ese entonces, se usaba este mecanismo para facilitar la memorización del mensaje de parte de los oyentes. Este es el caso que tratan las citas de Juan donde aparece el Espíritu Santo ejerciendo funciones humanas, de ningún modo podemos asegurar que existan planteamientos bíblicos que nos digan que el ESPÍRITU sea una persona.

 

«…El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra; por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios…” (Lucas 1:35) Todos entendemos que Dios a través del Espíritu Santo, hizo posible la concepción de Jesús en el

vientre de María. Naturalmente, esto no significa que el Espíritu Santo sea el Padre de Jesús, situación que deberían aceptar todos Hay muchos ejemplos que nos permitirán darnos cuenta que es imposible aceptar como correcta la doctrina que dice que el Espíritu Santo es una PERSONA DE LA DIVINIDAD, pero vamos a examinar el que parece más relevante de todos. A través de la lectura de los evangelios nos damos

cuenta que el Señor Jesús afirma que su Padre es Dios, NO DIJO que su padre es el ESPÍRITU SANTO, a pesar de que las escrituras afirman que cuando el Ángel habló con José, esposo de María, le dijo: los que creen que el Espíritu Santo es una persona. Sin embargo, todos entendemos que esto NO ES ASÍ. Es de conocimiento universal que Dios, el Padre, usó de su PODER (el Espíritu Santo) y que, a través de él, gestó el nacimiento humano de su Hijo para constituirlo, el Salvador del Mundo. La promesa del Señor Jesús, a sus discípulos antes que partiera describe al Espíritu Santo, como potencia divina: “…Y he aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros: mas vosotros asentad en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto…”.  El Espíritu Santo, entonces es la fuerza con la que nos dota Dios, para que, a través de Él, adquiramos la capacidad de vencer al pecado inherente en nuestra condición de humanos y también, el entendimiento para comprender su Santa Palabra. La manifestación del Espíritu Santo en nosotros es, además, la GARANTÍA que tenemos de que un día se cumplirá en nosotros todo lo que nos dicen las Escrituras: “…En Cristo digo, en quien asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad. Para que seamos para alabanza de su gloria, nosotros que antes esperamos en Cristo, en el cual esperasteis también vosotros en oyendo la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salud: en el cual también desde que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia, para la redención de la posesión adquirida para alabanza de su gloria…” (Efesios 1:11-14) Analizado este último aspecto referente a la DOCTRINA DE LA DIVINIDAD, es necesario retomar algunas consideraciones fundamentales a la forma de relacionarnos con Dios por intermedio de nuestra Fe. Así podremos finalmente descubrir la razón de todo lo que vemos a nuestro alrededor.

Todos los que creemos en Dios y las SS.EE, habiendo leído el relato de la creación, nos damos cuenta de la predilección que goza el género humano por encima de los demás seres vivientes, incluidos los ángeles, respecto a su relación con el Creador. Sin embargo, la facultad del intelecto (Zacarías 1:1, Job: 32:8)- el espíritu del hombre – y el libre albedrío, nos dejan en manos de una suerte de Ley de causa y efecto al ser nosotros, como simiente de Dios, artífices de nuestro propio destino: “…Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra: Si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos á espada: porque la boca de Jehová lo ha dicho…” (Isaías 1:19-20) Esto determina que existe una razón que hay que buscar en  el género humano para poder comprender el presente siglo, de otro modo no se puede entender, como lo dijimos al principio, lo paradojal de la existencia humana a lo largo de estos casi seis milenios, pues luego de tenerlo todo, incluida la predilección de Dios, no ha podido encontrar el camino de la paz, la felicidad y la justicia, a pesar del fantástico desarrollo de la ciencia y la tecnología alcanzados en los últimos siglos. Esta situación abre varias interrogantes que requieren urgentes y categóricas respuestas.

Como «cristianos» no podemos dudar de la existencia de nuestro Dios, pero tampoco podemos decir que los diferentes flagelos que azotan a la humanidad sean precisamente una respuesta de amor a las oraciones de millones de creyentes sobre la faz de la tierra (Isaías 59:1-2) Entonces nos hacemos parte de aquella célebre sentencia que dice: Si no somos parte de la solución somos parte del problema, vale decir: Si Dios no falla, nosotros hemos fallado.

Si bien es cierto, millones de personas en el mundo adoran a Dios, ¿Qué saben verdaderamente del Dios que adoran? Generalmente nada o, en el mejor de los casos, el acercamiento a Dios proviene de alguna tradición familiar y de acuerdo al cristianismo moderno, es obvio que ha partido de premisas erróneas; aunque supongan que lo importante, es adorarle.  Ejemplos y sentencias bíblicas abundan para demostrar que tal postura, por cómoda que resulte, es irreconciliable con el pensamiento de Dios y de sostenerlas, las consecuencias de esto serían lamentables, como lo declaró el Apóstol Pablo en el primer capítulo de la carta de Romanos.

“Dios busca adoradores que le adoren en ESPÍRITU Y EN VERDAD” (Juan 4:23) Israel, cuando estaba a los pies del Monte del Sinaí sabía que JEHOVÁ era el DIOS que los había sacado de la tierra de Egipto, que era quien les había abierto las aguas del Mar Rojo, sin embargo, pretendieron adorarle a través del becerro de oro (Éxodo 32:1-35) encendiendo el furor de Jehová. ¿Cuál fue el error? Simplemente, adorar a Dios sin saber QUE Y COMO ES DIOS.  Este es el gran pecado que tiene sumido al mundo en la perdición, por esto pereció el mundo antiguo en el diluvio.

Cuando Caín condujo al primer grupo por el camino equivocado, el germen de la rebelión ya estaba en el género humano. Por el hecho de haber levantado su mano y haber dado muerte a su hermano; entonces, por orden de Dios debió apartarse de la fuente de la revelación del conocimiento como lo era la casa paterna. Más tarde al asumir la conducción de su propio grupo familiar, estaba lejos de tener una noción exacta de QUE ERA DIOS Y COMO ADORARLE. En el tiempo de la torre Babel, cuando el hombre inicia su proyecto sin considerar la voluntad de Dios, aquella sociedad debió asumir las consecuencias por todos conocidas. Esta actitud, tuvo que ver con la falta de conocimiento que ellos tenían respecto a la DOCTRINA DE LA DIVINIDAD. El devenir de la sociedad es el testimonio histórico universal de lo determinante que ha sido para la sociedad el grado de relación con Dios en la búsqueda de la felicidad.

Todo esto debe constituir para nosotros una lección y conservarla como experiencia en nuestras decisiones respecto de nuestras creencias; pues, indudablemente, así como pereció el mundo antiguo, así también perecerá la iglesia que no establezca la Verdad, conociendo con claridad el elemento central de la fe (Juan 4:22) que no es otro que todo lo declarado en las escrituras referente a NUESTRO DIOS.

La historia dramática de Israel debe servirnos como testimonio viviente de estas últimas aseveraciones. Israel es el pueblo elegido. Dios, a través de Moisés le revela la doctrina de la verdad. Ellos fueron los primeros en enterarse de QUIEN, QUE, Y COMO ES DIOS, es la única nación del mundo que recibe y acepta este principio. Las raíces genealógicas de Israel emergen a la historia en la cuenca de los ríos Tigris y Éufrates, cuna de decenas de pueblos y culturas que nacen y desaparecen en algunos milenios: asirios, babilonios, sumerios, acadios, hititas, medos persas etc., ninguno de ellos recibió la revelación divina,  nunca quisieron reconocer al verdadero Dios. Muchos de ellos, en más de una ocasión, pisotearon al Pueblo de la Promesa y a todos ellos los devoraron los siglos. Guerras perdidas, persecuciones e invasiones marcaron el fin de estos pueblos, sus culturas SU RELIGIÓN y aún sus mismas razas, PERO ISRAEL NO.  El Pueblo revelado sobrevivió para entregar el Mesías a la humanidad y transmitir el conocimiento al Israel Espiritual que es la Iglesia del DIOS VIVIENTE.

La Iglesia Verdadera no puede estar en la duda ni en contradicción con la Palabra de Dios revelada respecto a esta doctrina; la Iglesia Verdadera debe tener establecido como primer punto de fe, a través del estudio de las SS.EE. QUIEN, QUE, COMO ES DIOS Y COMO SE ADORA.

La clave de la supervivencia de la Iglesia de Dios reside en este conocimiento, así como lo ha sido para la milenaria Israel. Así también lo es para la Iglesia del Nuevo Pacto. Verifiquémoslo en las Escrituras a través de las palabras de nuestro Señor Jesús. En el capítulo 16 del libro de Mateo, Jesús pregunta a sus discípulos respecto a lo que piensa la sociedad sobre QUIEN ES EL HIJO DEL HOMBRE y la respuesta no se hace esperar: «…algunos dicen que el Mesías es Juan Bautista, otros piensan que es Elías, otros Jeremías o alguno de los profetas…»

 (Juan 1:11; Mateo 16:13-14) En síntesis, Israel no sabía; ni los Fariseos, ni los Saduceos que eran los conductores del Pueblo sabían, QUIEN ERA EL HIJO DEL DIOS VIVIENTE y esto definitivamente LOS PERDIÓ.  Esta es una gran lección para nosotros, la Iglesia, el Israel Espiritual de hoy.

A continuación, Jesús se dirige a los discípulos que había escogido para realizar su Ministerio y les pregunta: «…Y vosotros ¿Quién decís que soy?  Aquí responde el Apóstol Pedro: «Tú eres el CRISTO, el Hijo del Dios Viviente…».  Pedro y los discípulos SABÍAN quién y qué‚ era Jesús, Dios el Padre se los había revelado. JESÚS (EMMANUEL), el DIOS en medio de la sociedad, también SABIA con quienes estaba. El Maestro entonces hace la gran declaración respecto a la enorme trascendencia de conocer con precisión QUE ADORAMOS y dice: «…SOBRE ESTA PIEDRA LEVANTARE MI IGLESIA…»; es decir, el conocimiento de los adoradores sobre QUIEN ES DIOS, y recíprocamente el conocimiento de Dios sobre quiénes son los que le adoran, es LA PIEDRA SOBRE LA CUAL DESCANSA LA IGLESIA VERDADERA:

El «cristianismo», que en la actualidad subsiste, inspirado en propósitos tan ajenos al interés por el cual nuestro Señor murió crucificado (2ª Timoteo 4:3-4), no puede entender el valor intrínseco de esta revelación. De modo que algunos enseñadores explican, que Jesús estaba nominando al Apóstol Pedro para ser el fundamento sobre el cual se iba a levantar la Iglesia e hicieron de esto una doctrina. Otros suponen, erróneamente, que nuestro Señor se indicaba a sí mismo y decía: «…sobre esta piedra edificaré‚ mi Iglesia…». Ajeno al hecho que las Escrituras afirman que Jesús es la «piedra angular de este edificio espiritual que es la Iglesia; Lo que se plantea en la cita es bastante diferente y claro: Los doctores de la Ley, Fariseos, Saduceos y el mismo pueblo de Israel no reconocieron en nuestro Señor al Mesías prometido, al  HIJO DEL DIOS VIVIENTE. Cuando ÉL les reveló su origen y divinidad ellos quisieron matarlo, pues la declaración era evidente, «Él ERA DIOS», como SU PROPIO PADRE (Juan 10: 30-38) y ellos no estaban, por su condición espiritual, en el conocimiento verdadero de QUIÉN Y QUÉ ERA DIOS. Los discípulos sí, porque el mismo Espíritu Santo de Dios se los había enseñado.

La situación coyuntural del momento en que Jesús hace la declaración, determina cual era EL FUNDAMENTO («la roca») sobre el que se iba a levantar la Iglesia: Mientras hubiera hombres que supieran QUIÉN, QUÉ, Y CÓMO ES DIOS; y el mismo Dios los conociera a ellos como sus Hijos, la Iglesia de Dios estaría en pie y aún las puertas del infierno no prevalecerían delante de ella.  Esta es pues, una entre muchas señales para reconocer SU IGLESIA, Dios sabe quiénes son sus hijos y estos saben QUIÉN Y QUÉ ES DIOS.

A través de la lectura detenida de este momento tan particular, en la vida de nuestro Señor, nos permite darnos cuenta que éste hecho relatado fue determinante para que Jesús comprendiera que ya había llegado la hora  que el Reino fuese traspasado al resto de la humanidad (Mateo21:42-43) Entonces  da a Pedro, simbólicamente, la autoridad de abrir la posibilidad de entrar al Reino de Dios  a los gentiles con  aquella frase: “…a ti te daré‚ las llaves del Reino…». Desde este momento  las Escrituras nos señalan que nuestro Señor empezó a declararle a sus discípulos, con más frecuencia, que «…era necesario que fuese a Jerusalén y padeciera mucho de parte de los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y de los escribas y aún ser muerto aunque resucitaría al tercer día…” (Lucas 24: 7)», pues esta era la forma de redimir con SU SANGRE DIVINA a quienes tendrían que integrarse a la Iglesia que nacía en esta tercera etapa, la era del NUEVO PACTO.

 Las SS.EE.  declaran, como Jesús instruyó a sus discípulos respecto a que la Iglesia es la luz del mundo (81 Mateo 5:14) y, más tarde, el Apóstol Pablo, explica que, la gran responsabilidad de la Iglesia es notificar la multiforme sabiduría de Dios a la humanidad (Efesios 3:10). Sin embargo, las «iglesias cristianas» en general, han obrado en forma diametralmente opuesta a la voluntad de Dios cambiando su VERDAD por MANDAMIENTOS DE HOMBRES y dando por ciertas muchas afirmaciones, que, en verdad, y a la luz de las enseñanzas bíblicas, no pasan de ser tradiciones y costumbres paganas las cuales han terminado por sepultar la doctrina verdadera. Por esto, la religión se ha tornado infructuosa e inoperante para conducir a la sociedad a la verdadera paz y seguridad que todos anhelamos.

Para nadie puede resultar desconocido que la cabeza del cristianismo moderno es la iglesia Católica Apostólica Romana y quien no quiera aceptar esta verdad, no tiene más que investigar de donde surgen los diferentes dogmas con los cuales se identifican, como lo es la celebración de Semana Santa, el Domingo y la Navidad, la doctrina de la Trinidad, invenciones de hombres,  que no aparecen en ninguna parte  en las Escrituras, Para quienes investigan acerca de la Verdad, la historia nos muestra con gran claridad que al surgir  esta institución a la vida pública en el Concilio de Nicea  sus dirigentes no tenían idea de QUÉ ES DIOS; y lo que se sabe que  era absolutamente conocido- La forma de adoración  de la Iglesia De Los Apóstoles- la trataron de destruir de cualquier manera tal como había sido profetizado por Daniel en su libro en el  Cap. 7:25. Es por esto que luego de tratar en  este último capítulo lo que dicen las Escrituras respecto a la Divinidad veremos lo que enseña la Biblia respecto a la Verdadera Adoración.

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