La Verdad DE la Religión en las SS.EE.

Cuando se necesita comprender el significado de algún término, lo recomendable es buscar la etimología de la palabra en cuestión; sin embargo luego, se dará cuenta que en la sociedad, todo tendrá siempre el color de la lente con que se mire, por ejemplo, del término Religión, vamos a encontrar tantas definiciones que finalmente se optará por el que sea más  compatibilice con lo que cada cual quiere establecer como Religión, en el mundo occidental al menos.  Aunque no puede ser razonable que, adoptando el cristianismo, encontremos tantas corrientes y fuentes que estén determinando sus lineamientos, cuando deberían ser las SS.EE la única fuente de información en que se sustenten sus creencias y los principios que guíen las definiciones de esta fe, no importando realmente cómo terminen asociándose, siempre que no difieran de la información que entregan las Escrituras.

La etimología de la palabra “Religión”, procede del latín Religare, que es un término compuesto por el prefijo re y el verbo ligare y como concepto en el ámbito eclesiástico, se refiere a la actividad social que apunta a establecer la relación del Hombre con Dios. Muy acorde si tratamos de comprender correctamente el cristianismo verdadero hoy, que no se condice con la realidad, pues en la actualidad existen más de 2.500.000 seguidores del “cristianismo”, repartidos en 1.100.000 católicos, 800.500 protestantes, 300.000 cristianos judaizantes, 260.000 ortodoxos y un sinfín de pequeñas comunidades que se han desprendidos de grupos mayoritarios y no entran en estadísticas alguna, por carecer de identificación legalizada.

Quien mejor podía saber lo que le esperaba a la Iglesia en el último tiempo, fue nuestro propio Señor Jesucristo, por esto su preocupación manifestada en la oración cuando ruega a Su Padre por su Iglesia de la siguiente manera: “…He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste: tuyos eran, y me los diste, y guardaron tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me diste, son de ti; Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son: Y todas mis cosas son tus cosas, y tus cosas son mis cosas: y he sido glorificado en ellas. Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo a ti vengo. Padre Santo, a los que me has dado, guárdalos por tu nombre, PARA QUE SEAN UNA COSA, COMO TAMBIÉN NOSOTROS, SOMOS UNA COSA.  Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición; para que la Escritura se cumpliese…”  (Juan Cap. 17)

Otro ejemplo al respecto constituye, la primera carta del Apóstol Pablo a los Corintios (Cap.1:10) donde podemos leer el siguiente consejo, se subentiende, inspirado por el Espíritu Santo: “… Os ruego pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis toda una misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer…”  de esta manera el apóstol identifica una de las características más preponderantes que refleja nuestra religión: su unicidad doctrinal, que, con el tiempo, lamentablemente se ha pervertido presentando como verdad, un cristianismo diversificado en tantas variantes que es necesario preguntarse si estamos todos consientes del verdadero origen de lo que creemos, o a quien debemos creer.

Naturalmente este pensamiento no es nuevo,  ni preocupación de momento en él, pues,  en otra parte de esta misma epístola (cap. 8: 5 y 6)  el apóstol vuelve a insistir sobre a este mismo punto: “…Porque, aunque haya algunos que se llamen dioses, o en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), Nosotros empero no tenemos más que un Dios, el Padre,   del cual son todas las cosas, y nosotros en él: y un Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas, y nosotros por él…”.

Al leer las epístolas de Pablo dentro de su contexto, es fácil darse cuenta que la apostasía era una realidad, la lucha de Satanás contra la iglesia verdadera era un hecho innegable y su preocupación al respecto es  notoria cuando leemos otras epístolas, como la que le envía a Timoteo advirtiéndole sobre la necesidad de hacer prevalecer la Palabra verdadera no tan solo en su vida personal, sino también en su función Ministerial: “…Requiero yo pues delante de Dios, y del Señor Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende; exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando ni sufrirán la sana doctrina; antes, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú vela en todo, soporta las aflicciones, haz la obra de evangelista, cumple tu ministerio…”  2 Timoteo 4:1- 4.

La importancia de las epístolas de Pablo radica, entre otras cosas, en la gran obra misionera que nos dejó como ejemplo. Al analizar sus consejos es necesario tener siempre presente sus contenidos por venir de un maestro llamado por Dios precisamente para extender el pensamiento de la Iglesia Primitiva al mundo gentil, y en esta misiva personal le encomienda a Timoteo, que predique la palabra, (cuando todavía no existía el Nuevo Testamento) que exhortara con toda paciencia y doctrina. Si entendemos por “doctrina” un conjunto de principios y enseñanzas básicas que distinguen a un movimiento social,  debemos que entender que la Iglesia primitiva tenía una doctrina única y clara,  que solo podía provenir del Antiguo Testamento y  del ministerio de nuestro Señor Jesucristo, por supuesto, y no es comparable con los dogmas que caracterizan a la mayoría de las iglesias “cristianas actuales”; más aún, Pablo no tan solo nos dejó estos escritos tan verdaderos y claros, sino además vaticinó lo que hoy es una triste realidad en el mundo cristiano: … “vendrá tiempo cuando ni sufrirán la sana doctrina; antes, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias, Y muchos apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas…” Ahora bien, hagamos un ejercicio comparativo entre las costumbres de la Iglesia primitiva y las costumbres de las iglesias contemporáneas: Hacía cincuenta días que nuestro Señor Jesús había regresado a la diestra de su Padre y como Él les había ordenado a los apóstoles que no se movieran de Jerusalén hasta que no fueran revestidos del Espíritu Santo, los encontramos reunidos según  el relato de Hechos 1: 3 y 4: el día de Pentecostés, el mismo día que en el pasado se había manifestado el poder de Dios en el Monte Sinaí, los discípulos que educó Jesús, estaban juntos en el Aposento Alto cuando se derramó sobre ellos el don del Espíritu Santo. En este testimonio de Lucas, hay situaciones que no se pueden obviar y, por lo tanto, será necesario aclarar. En esta ocasión nos vamos a referir a tres puntos principales respecto a la religión cristiana desde la perspectiva de la historia y las SS.EE. y uno es precisamente este.

En la actualidad la Iglesia Católica es la única, entre las más numerosas, comunidades “cristianas” que hace mención de la conmemoración del día de Pentecostés en su liturgia, ni siquiera las Iglesias Pentecostales que se ufanan de “las manifestaciones espirituales”, reconocen este mandamiento, que en Levítico 23: 21, aparece como una ordenanza de carácter perpetuo.

Pero ¿Por qué no se observa hoy?, porque supuestamente, El Reglamento del Culto (Levítico 23) ¡Habría quedado clavado en la cruz! tras la muerte de nuestro Señor Jesús. Ahora bien, si esto es como se plantea hoy, ¿Entonces debemos entender que la Iglesia Primitiva reunida ese día, estaba trasgrediendo la voluntad de Dios porque observaba un mandamiento obsoleto, y aun así fue confirmada por el Espíritu Santo?, ¿Es posible que todavía en esa condición equívoca, observando una festividad ya clavada en la cruz, Dios hablara por medio de ellos y se convirtieran en ese día tres mil personas a la Iglesia del Nuevo Pacto? ¡Un poco difícil de entender esta “incongruencia”! (otras citas también en Hechos 20:16, 1Corintios 16:8.)

La segunda situación que nos obliga a preguntarnos qué pasa en la actualidad con el mandato que aparece en el libro de Levítico en el capítulo 23 en el Reglamento del Culto es la solemnidad de la Pascua, donde se exigía el sacrificio de un cordero escogido, en cada casa de las familias judías en Egipto el 14 de Abib, en un ritual que liberaría a Israel del cautiverio. Siglos más tarde el apóstol Pablo, destaca su importancia, por ser este acto, un símbolo del sacrificio de nuestro Señor  Jesucristo, (Colosenses 2: 16 y 17) que  murió en la cruz, también un 14 de Abib, para  sacarnos  de la esclavitud del mundo del pecado y concluye revelándonos el propósito de Dios, respecto a la perpetuidad de esta ordenanza en un nuevo ceremonial, para la Iglesia del Nuevo Pacto, cuando declara:”…Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo que por vosotros es partido: haced esto en memoria de mí. Asimismo, tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre: haced esto todas las veces que bebiereis, en memoria de mí. Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga…” 1 Corintios cap.11: 23 al 26)

¿Qué tenemos aquí?, Él Apóstol Pablo está dando un testimonio que él recibió del Señor Jesús, esto es, que esa noche del 14 de Abib, ese pan representaba su cuerpo que sería lacerado, y les dio a beber del vino que representaba su sangre que sería derramada, ordenando que cada vez que la Iglesia se reuniera  en esta nueva era de la Iglesia (14 De Abib) estaría dando cuenta del momento de su muerte hasta que Él volviera.

Esto se lo trasmitió nuestro propio Señor Jesucristo al Apóstol Pablo, pero duró poco entre los dogmas de la iglesia romana, pues un par de siglos más tarde, el obispado romano, cuando históricamente el papado aun no existía, con el emperador Constantino a la cabeza, El Concilio de Nicea en el año 325, optó por celebrar la Pascua el primer domingo después de la primera luna llena luego del equinoccio de primavera.  En este mismo Concilio se decretó que la Pascua, de ahí en adelante, consistiría en conmemorar la resurrección, en vez de la muerte del Señor Jesús, como lo señalan las Escrituras, en la ceremonia de la eucaristía donde supuestamente la ostia y el vino se convierten en la carne y la sangre de nuestro Señor y determinó que esta era una orden que debía observarse en toda la Iglesia; y en la actualidad casi todo el cristianismo en el mundo, salvo contadas excepciones obedece hoy la tajante orden de la curia romana haciendo caso omiso a las SS.EE que nos trasmiten la voluntad de Dios. Así fue como, de ahí en adelante, el “cristianismo” celebra la resurrección de Jesús en Semana Santa,  zanjando así la antigua e histórica contienda de la iglesia romana con las Iglesias orientales reconocidas por Dios en el libro del Apocalipsis, puesto que Policarpo era el  Ministro de la Iglesia de Esmirna, y  habiendo sido discípulo del Apóstol Juan que en  sus últimos años dirigió la Iglesia en Éfeso, no iba aceptar los postulados de Aniceto, el obispo romano, que propiciaba la misma idea  que finalmente se aprobó en aquel concilio de Nicea pasando por encima de las SS.EE.

El tercer punto a considerar tiene que ver con la perspectiva de la enseñanza bíblica respecto del día Sábado. No se puede desconocer que desde los comienzos de la revelación divina aparece la mención sobre este día donde Dios, luego de terminada su obra, bendice y lo santifica (Génesis 2:3 y 4) contrario al pensamiento de algunos enseñadores de las SS.EE. que señalan que todos los días son iguales, en circunstancias que el único día que fue bendecido y santificado fue el Sábado. A continuación, un documento copiado de Internet como cuestionario donde aparece el Catecismo de la Doctrina Católica, donde asumen la autoría del origen de esta adulteración a la Ley de Dios, que nos servirá para entender a quién está obedeciendo la mayoría del “cristianismo hoy; La cita indica lo siguiente:

  1. ¿Cuál es el día de reposo?,
  2. R) El Sábado es el día de reposo;
  3. ¿Por qué observamos el domingo en lugar del sábado?
  4. R) Observamos el domingo en lugar del sábado porque la Iglesia Católica, en el «Concilio de Laodicea«[2], (336 d.C.) transfirió la solemnidad del sábado al domingo;
  5. c) ¿Por qué la iglesia católica sustituyó el sábado por el domingo?,
  6. R) La Iglesia sustituyó el sábado por el domingo, porque Cristo resucitó de entre los muertos el domingo, y el Espíritu Santodescendió sobre los Apóstoles en un domingo; ¿Con qué autoridadhizo esta sustitución la Iglesia del Sábado por el domingo?,
  7. d) La iglesia sustituyó sábado por el domingo por la plenitud de ese poder divino que Jesucristo ¿le confirió?!

Este compendio de la doctrina Católica aclara a continuación: ¿Cómo se prueba que la iglesia tiene poder para ordenar fiestas y días santos?, por el mismo acto de cambiar el sábado al domingo, que los protestantes consienten; y por lo tanto se contradicen a sí mismos, al observar el domingo estrictamente, y rompiendo la mayoría de otras fiestas ordenadas por su misma iglesia; ¿Cómo se demuestra eso?, debido que al observar el domingo, ellos reconocen el poder de la iglesia para ordenar fiestas, y mandarles que bajo pecado; y por no mantener el resto (de las fiestas) por su mandado, que de nuevo niegan, de hecho, el mismo poder. (Sic)

Cuando examinamos esto imparcialmente, y nos damos cuenta la exactitud de lo expresado en este articulo bajado de Internet, no queda más que agregar a lo que ya es innegable, en síntesis, en el ámbito de lo que se llama “cristianismo hoy” existen dos corrientes: La que  sigue la huella que dejó la Iglesia Primitiva de los doce Apóstoles verdaderos;  y la que sigue la senda que marcaron  los  concilios de Laodisea, a partir de aquel que dirigió el pagano Emperador Romano Constantino (306-337)

  

 

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