LA IGLESIA QUE NOS MUESTRA LA HISTORIA.

(La huella de la Iglesia Verdadera)

 

Como se vio en párrafos anteriores, la palabra de Dios consigna al Apóstol Juan como último líder indiscutible de la Iglesia del primer siglo, y la revelación del Apocalipsis la prueba más clara de esta afirmación. Pues bien, liberado de su exilio en la isla de Patmos, aproximadamente en el año 98 D.C., regresa a su ministerio en las iglesias de Asia Menor, muriendo finalmente en Éfeso, dos años más tarde. En las pocas veces que coinciden los historiadores cristianos es en reconocer que el sucesor del gran apóstol fue uno de sus discípulos, llamado Policarpo.  Hacia la mitad del siglo II, siendo Policarpo, ministro de la iglesia de Dios en Asia Menor en Esmirna, y Aniceto, Papa sobre la iglesia Romana; el gran historiador eclesiástico da cuenta de la confrontación doctrinal entre ambos por el asunto de cuándo celebrar la Pascua. Mientras la postura de Policarpo era celebrarla de acuerdo a las Sagradas Escrituras el 14 de Abib, Aniceto abogaba por celebrar la Pascua el supuesto día de la Resurrección del Señor, es decir, el primer domingo que sucediera a la luna llena del mes 1°. Esta disputa siguió por varios años; al Papa Aniceto le sucedieron en el trono Soterró, Eleuterio y Víctor I (189-199), durante el Papado de este último, tras celebrar sínodos en Roma, Galias, Ponto y Palestina, emitió una orden perentoria en el sentido que todas las iglesias observaran la Pascua de acuerdo con las órdenes emanadas desde Roma. Sin embargo, las iglesias de Asia lideradas por Polícrates, ministro de la iglesia de Éfeso, no aceptaron tal imposición. Esta es una prueba concluyente entregada por los propios historiadores católicos que nos muestran que el andar de la Iglesia Romana, desde un principio, fue divergente al caminar de la Iglesia de Dios ¿Por qué se considera que en estas resoluciones la iglesia de Roma estaba equivocada y no sus opositores? Primero, porque la postura de la Iglesia Romana, en este caso, fue contra lo establecido en las Sagradas Escrituras. Y luego porque a través de estos testimonios históricos nos podemos dar cuenta que Policarpo y luego Polícrates, quienes defienden la irrestricta observancia de la Palabra de Dios, son ministros de dos de las siete iglesias mencionadas por Dios en el Apocalipsis como sus Iglesias, luego es obvio que la iglesia de Roma iba contra los principios establecidos por Dios. La situación, sobre la controversia de la fecha de la Pascua, finalmente es zanjada en el concilio de Nicea, a favor de la posición de la Iglesia Católica, en desmedro de la verdad establecida por en las Escrituras.

A comienzos del siglo IV, la “conversión” al “cristianismo” del Emperador Constantino, debe ser considerada como aquel río de agua que la serpiente echó de su boca a fin de ahogar a la simiente de Dios, como nos habla Juan el Teólogo en el Apocalipsis, pues hasta antes de este infausto acontecimiento aún era posible el diálogo doctrinal dentro de la iglesia en sus facciones oriente-occidente. Para aquel entonces, el Imperio se encontraba sumido en una profunda guerra civil (306-324), luchando por el poder. El triunfo final y absoluto de Constantino, le dio lugar a ocuparse de otra situación de estado que podría ser vital para la unidad del Imperio y su propio beneficio si se manejaba adecuadamente, y este era ni más ni menos que el gran desarrollo alcanzado por el “cristianismo” como a su vez la importancia de su unificación. El imperio en general estaba desgastado y en crisis y el “cristianismo” con su desbordante energía sería un gran elemento de estabilización. La mayoría de los historiadores coinciden en que éstas fueron las grandes razones que inspiraron la “conversión” de Constantino. Sin lugar a dudas, estas mismas razones lo llevaron a decretar la libertad para que los súbditos del Imperio pudieran practicar el “cristianismo” u otros credos según sus preferencias. Luego  organiza y dirige el concilio de Nicea en el año 325, donde se aprobó abolir el mandato de La Pascua y se establece lo que hoy conocemos como la “celebración de Semana Santa”. Se contrarresta “la doctrina de los Arrianos” que no creían en la divinidad del Señor Jesús, pero a su vez surgen las primeras luces de “la doctrina de la trinidad”. No nos olvidemos, además, que en el año 321, por orden de este emperador pagano, el día sábado deja de ser el día de reposo, para ser sustituido por el Domingo.

De hecho, todas estas innovaciones doctrinales contrarias a la Palabra de Dios, no pueden caracterizar a la Iglesia Verdadera. ¡Esta es otra iglesia! El Imperio Romano, jamás se convirtió al cristianismo, por el contrario, la fuerza del Imperio terminó corrompiendo a muchos obispos que se decían cristianos y por supuesto, no lo eran. Además, la ignorancia del pueblo permitió que esto sucediera. Así, al llegar al Concilio de Laodisea (430), el ministerio de esta Iglesia se pronunció contra la Iglesia de Dios Verdadera, que aún observaba el Sábado, La Pascua, Los Panes sin Levadura y las demás “festividades judías” según llaman algunos. En la historia de los Concilios de la iglesia Romana, está expuesto en forma detallada, el desarrollo de esta nueva teología apóstata, denunciada por Jesús y los Apóstoles que “sepultó”, para algunos, La Verdadera Adoración.

¿PUDO SER EL APÓSTOL PEDRO EL PRIMER PAPA DE ESTA IGLESIA?

Definitivamente ¡NO! ¿Por qué no? Primero, porque históricamente, el papado fue una forma de Jerarquía institucional de la iglesia de Roma que recién a principios del siglo VII fungió de acuerdo al diseño actual. Durante los primeros tres siglos de la historia de la Iglesia Romana sus dirigentes fueron llamados simplemente obispos. Informaciones históricas señalan que aún en la actualidad, existe en el Foro Romano, un monumento llamado “La Columna de Focas” que señala el año 610, como la fecha en que este Emperador declara al Obispo de Roma, como cabeza universal de la cristiandad (Papa), por sobre el Patriarca Ecuménico de Constantinopla. Este cargo que debió recaer, en aquel tiempo, en el obispo de Roma: Gregorio I, El Grande (590-604), no fue posible debido a su temprana muerte, de modo que el primer Papa y Padre Universal de “La Iglesia Católica Apostólica fue: Bonifacio. “El Papado”, como tal, alcanzó su máximo esplendor en el siglo XIII, en la persona de Inocencio III (1198-1216)

Digno de considerar, y prueba que “esta iglesia cristiana” que nos plantea la historia nada tiene que ver con la Iglesia que estableció nuestro Señor Jesús es “La Doctrina de la Divinidad”.  La historia señala que, a comienzos del siglo IV, la iglesia “cristiana” debatía si Jesús era o no Dios. Entre tanto, este importante punto doctrinal estaba claro en la mente de los apóstoles cuando todavía estaban con el Señor. Así lo demuestran las Escrituras en Mateo capítulo 16 y Juan capítulo 1. ¿Cómo pudo Pedro dirigir esta Iglesia y no enseñar este vital conocimiento a su sucesor? O ¿Cómo es posible que una institución que se dice seguidora de Cristo, y servidora de Dios, no sepa “¿Qué Es Dios”, o no acepte lo que dicen las Escrituras respecto a la Divinidad y a la Verdadera Adoración?

La historia de la Iglesia de Roma, desde su nacimiento habla por sí sola, y corresponde a cada cual, ver en ella su verdadero carácter con relación a su vinculación con Dios y su Verdad. Su huella en el transcurso de los siglos, es fácil de encontrar, y es importante conocer, para tener los elementos de juicio que nos permitan salir del error: Con la caída del Imperio Romano de Occidente, comienza la Edad Media, período que también conocemos como la Era Teocéntrica, en virtud de que la religión fue el soporte del desarrollo de la sociedad. Es importante destacar esto pues, todo lo que tenía que ver con el “cristianismo” era dirigido por la Iglesia Católica Romana en occidente y el Patriarcado de Constantinopla en el oriente, cuando ambos estamentos hacía ya, largo tiempo se habían separado de la verdad planteada en las Escrituras y de la huella de la Iglesia Primitiva.

El Obispo Simplicio (468-483) era el jerarca máximo de la institución   eclesiástica romana, a la caída del Imperio de Occidente, tras la arremetida de los pueblos bárbaros. Este, libre del dominio de toda autoridad civil, logró varias alianzas con los nuevos reinos; las que paulatinamente lo convirtieron en la figura más poderosa del occidente. A pesar de que “el Papado” aún no era un estamento reconocido universalmente, es indiscutible la proyección que estaban logrando los obispos de Roma. Bástenos recordar, por ejemplo la intervención de León I, ante el rey bárbaro Atila en una ocasión, y luego, ante el  vándalo Genserico; para disuadirlos de su afán por destruir Roma. Sin embargo, a pesar de esta gran época de fortalecimiento de este sistema político-religioso, que se estaba levantando en occidente; la evolución del “cristianismo” estuvo salvaguardada por el poderío acentuado del Imperio Bizantino, particularmente bajo el reinado del emperador Justiniano.

La historia de los siglos V y VI, nos muestra, nuevamente a la iglesia Católica Apostólica Romana, absolutamente fortalecida y organizada, y al Papa, como la suprema autoridad, con su propio centro de operaciones: Roma; con su idioma: el latín. Con sus funcionarios propios: el clérigo secular; sus propios recursos financieros: las donaciones y los diezmos de los feligreses. Con sus propios tribunales de justicia que fallaban de acuerdo a los códigos eclesiásticos.

Lo que faltaba para colocar la iglesia en el pináculo del poder, llegó a mediados del siglo VIII, cuando el rey de los francos Pipino el Breve, coronado por el Papa Esteban II, acude en ayuda de éste, que era amenazado por los Lombardos, dispuestos a establecer su capital en Roma. El rey franco les derrota, conquista las tierras del norte de Italia que eran parte del Imperio Bizantino, y entrega los territorios conquistados a la Iglesia Católica en la persona del Papa Esteban II, dando lugar así al nacimiento de Los Estados Pontificios. El Papa entonces, ya no era solo el jefe de la Iglesia Católica, sino, además, era el soberano político de un Estado. A finales de este mismo siglo, el Papa León III, que había sido expulsado de Roma por un levantamiento popular y se encontraba refugiado en la corte del rey de los francos Carlomagno; fue restablecido por éste en su lugar, luego de enviar triunfante su ejército a Roma.

El 25 de diciembre del año 800 D.C. estando Carlomagno arrodillado en la Basílica de San Pedro en Roma, León III, intempestivamente coloca en su cabeza la corona de oro de los emperadores romanos; un hecho que la historia declara como el restablecimiento del Imperio romano Occidental. Este acto le valió, en primera instancia, la protección de los francos al papado, hasta principios del siglo X; fecha en que término su reinado la dinastía carolingia.

La unción de Carlo Magno por parte del Papa, no fue un asunto menor, más adelante iba a provocar varias fricciones, pues las palabras de León III al momento de ungir al emperador iban a tener una doble lectura cuando dijo: “…Carlos Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador de los romanos, vida y victoria…”. En aquella ocasión, el emperador de los francos recién ungido “Emperador del Imperio Romano”, llegaba a la cúspide del poder terrenal… Pero la idea que siempre es un superior quien unge a uno menor, iba a quedar flotando en el aire un buen tiempo.

Es manifiesto que la impostura de la iglesia imperial, que hace aparecer al apóstol Pedro como su primer líder en circunstancias que la propia historia universal data el nacimiento de la iglesia romana a comienzos del siglo IV; esto da fe del verdadero espíritu que le guía. El siglo IX muestra a la curia romana empeñada por sobreponer su autoridad a cualquiera otra que se nombre, propósito que con el correr de los siglos, lo fue logrando paulatinamente: Extinguida la dinastía carolingia, el cetro del desmembrado imperio en plena época feudal, recae en Otón I “El Grande” (936-973), quién acude a Italia al llamado del Papa, amenazado por la anarquía imperante en su región. La llegada de Otón I a Roma culminó con su coronación por parte del Papa Juan XII, como Emperador; en lo que se considera la restauración del imperio occidental, ahora como, el Sacro Imperio Romano-Germánico.

En este cargo Otón I, reclama para sí, el derecho de intervenir en las elecciones pontificias, lo que fue contrarrestado por el Papa Nicolás II, con la creación de los cónclaves cardenalicios, lo que dio lugar al llamado “El problema de las investiduras”. Este asunto recién entró en acuerdos en el Concordato de Works; luego de la pugna del emperador alemán Enrique IV, con el Papa Gregorio VII, a comienzos del siglo XI.  En esa ocasión, Enrique IV, trató de deponer a Gregorio VII, a lo que éste contestó excomulgándole, a su vez que abrogaba el juramento de fidelidad de sus súbditos e incitaba a los príncipes a elegir otro emperador. Finalmente, Enrique IV viéndose abandonado por los suyos debió realizar una larga peregrinación para humillarse e implorar la reconciliación con el pontífice.

A finales del siglo XII, específicamente en el año 1198 y hasta el año 1216 rigió los destinos de la Iglesia Romana, Inocencio III, quien se auto proclamó “Supremo Soberano de las Iglesias del mundo”, “Vicario de Dios” y sometió a obediencia a los reyes de Alemania, Francia, Inglaterra y casi toda Europa. Ordenó el exterminio de quienes se opusieran a las doctrinas de la Iglesia Romana, instituyó la Inquisición, ordenó las Cruzadas, prohibió la lectura de la Biblia en el idioma del pueblo, etc. Obviamente, el carácter y la humildad con que Jesús y sus apóstoles, ejercieron su ministerio, distan mucho de la soberbia, la arrogancia y crueldad que durante siglos han ejercido la mayoría de estos, supuestos sucesores del apóstol, en el seno de la Iglesia Romana. ¿Cómo comparar la actitud de esta iglesia a través de la Inquisición, con la actitud de Jesús cuando Pedro toma una espada para defenderlo?  O ¿cómo no valorar la diferencia de la actitud de Jesús, fundador de la Iglesia Verdadera, cuando sus discípulos querían exterminar la ciudad samaritana de donde habían sido expulsados, con la guerra asumida por la Iglesia romana contra los albigenses, inspirada por el propio Inocencio III; donde prácticamente arrasaron con todos sus habitantes? A mediados del siglo XIII, el Sacro Imperio Romano-Germánico, que en la época carolingia había logrado unificar casi toda Europa, se encontraba absolutamente desmembrado. Con la muerte de Federico II (1212-1250) el imperio entro en un largo período de anarquía, a pesar de la monarquía nominal existente, por casi tres largas décadas, la que solamente logró imponerse cuando la monarquía francesa como autoridad comienza a estabilizarse, a partir del reinado de  Felipe Augusto (1890-1223) logrando finalmente su objetivo, bajo el reinado de Luis IX (llamado San Luis 1227- 1270) Entre los años  1285 y 1314, Felipe IV “El Hermoso” reinó sobre Francia, mientras  que  sobre la Iglesia Católica ejercía el papado  Bonifacio VIII(1296- 1303)  Un entrevero entre ambas autoridades a causa de  los impuestos con que la monarquía quería gravar  al clero, provocó un grave conflicto de poderes entre el estado y el Papa; lo que le valió al rey, la excomunión de la iglesia; a lo que éste respondió apresando a Bonifacio VIII y sometiéndolo a duros vejámenes que finalmente le costaron la vida en el año 1303. Aun cuando la historia de la iglesia señala que, fue éste el momento en que comenzó la decadencia de la autoridad pontificia en el ámbito político, todavía quedaban largos cinco siglos de vigencia a este poder. El sucesor de Bonifacio VIII, levantó la excomunión a Felipe IV; quien recuperada su ascendencia sobre la iglesia; hizo elegir Papa al francés Clemente V. El nuevo Papa, abandonó Roma y estableció la sede del papado en Aviñón, Francia; buscando agradar la monarquía imperante y provocando el descontento general de la iglesia particularmente en Italia; que estimó esta actitud, como el sometimiento del papado al rey. La anarquía en el seno de la iglesia fue tal, que hubo un momento en que reinaron paralelamente tres papas sobre la iglesia. Todo esto señala la lejanía del Espíritu Santo de la cúpula de esta institución. Conocidos todos los latrocinios que nos revelan la historia, respecto a esta iglesia, huelga entonces preguntar, ¿Cómo es posible que Dios permitiera este estado de cosas?  ¿Dónde, pues, estaba la Iglesia Verdadera, en aquel entonces? ¿No estaba dicho en las Escrituras que “las puertas del infierno no prevalecerían contra ella?”  Veamos cual es la respuesta bíblica a estas interrogantes:

       LA IGLESIA DE DIOS DESPUÉS DEL PRIMER SIGLO.

La última revelación entregada por Dios a través de su Hijo Jesucristo, corresponde al libro de Apocalipsis en el siglo I. Luego del primer capítulo que es la introducción del libro, los capítulos 2 y 3 revelan el mensaje a las 7 Iglesias; desde el capítulo 4 al 11, partiendo por una visión del Trono Celestial, encontramos toda la revelación de los hechos que acontecerán en la tierra a partir de la apertura de Los Sellos hasta el establecimiento del Reino de Cristo en la Tierra. Desde el capítulo 13 al 18 un detalle de los diferentes personajes, elementos e instituciones que están comprometidos en los hechos narrados entre los capítulos 4 y 11. Desde el capítulo 19 al 22: La 2ª Venida de Cristo, El Milenio y el establecimiento del Reino de Dios, El Padre.

El capítulo que interesa en el desarrollo de nuestro estudio es el capítulo 12 de este Libro, pues tiene la particularidad de ser un nexo en el desarrollo temático entre la primera parte de la revelación (caps.4-11) y la segunda (caps.13-22) El tema central es las dos últimas etapas de la Iglesia. La revelación comienza de la siguiente manera: “…Y vi una gran señal que apareció en el cielo una mujer vestida de sol, y la Luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona con doce estrellas. Y estando preñada clamaba con dolores de parto y sufría tormentos por parir…” Sin lugar a dudas esta revelación es una alusión a Israel, como la Congregación de Dios, en ese momento; La mujer vestida de Sol con la Luna debajo de sus pies y las   doce estrellas corresponden a la nación y las doce tribus, en el momento que esperaban ansiosamente el advenimiento del Mesías.  El versículo 5 señala: “…Y ella parió un hijo varón, el cual había de regir todas las gentes con vara de hierro…”  Pablo dice al respecto en Gálatas 4:4. – “…Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito a la Ley…” Entonces los versículos 1- 5 de Apocalipsis 12, son un recuento de los últimos días de Israel, en la segunda etapa de la Iglesia. El versículo 4 señala: “…Y el dragón se paró delante de la mujer que estaba para parir; a fin de devorar a su hijo cuando hubiere parido…” Mateo, el apóstol de Jesucristo, devela este acontecimiento histórico de la siguiente manera:“…Herodes entonces como se vio burlado, se enojó mucho, y envió y mató a todos los niños que había en Bethlehem y en todos sus términos, de edad de dos años abajo, conforme al tiempo que había entendido de los magos…” Luego Apocalipsis continúa el relato histórico, en el versículo 6: “…y la mujer huyó al desierto donde tiene un lugar aparejado de Dios, para que allí la mantengan, mil doscientos y sesenta días…”   Esto se entiende en la lectura de los versículos, 13,14, 19-21, del segundo capítulo del Libro de Mateo: “…He aquí el ángel del Señor aparece en sueños a José diciendo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto y estate allá, hasta que yo te lo diga; porque ha de acontecer que Herodes buscará al niño para matarlo. Y José despertando tomó al niño y a su madre de noche y se fue a Egipto. Y estuvo allá hasta la muerte de Herodes…” Este es el relato del acontecimiento que aparece prefigurado en el versículo 6 de Apocalipsis 12. Los versículos 7 al 12, de Apocalipsis 12, relatan una gran batalla entre Miguel y sus ángeles para expulsar definitivamente a Satanás, quién hasta ese momento tenía entrada, al cielo (Job 1:6-8) Muchos intérpretes de las Escrituras colocan esta batalla como un evento del fin de los tiempos. Sin embargo, la Palabra de Dios, tiene una visión diferente de esta apreciación: El capítulo 10 de Lucas, el Señor, envía  en   misión evangelizadora a  otros 70 discípulos, los cuales al tiempo retornaron gozosos del éxito de la misión encomendada,  éste hecho sumado a la misión de los doce  apóstoles que habían sido enviados con anterioridad (capítulo 9 de Lucas), demostraba que la base de la Iglesia del Nuevo Pacto ya estaba preparada  y que el término de su Ministerio Se Cristo, ya estaba cercano a concluir (Lucas 9:51) Entonces al regreso de la misión de los setenta, Jesús   da testimonio delante de éstos, de una visión que le fuera revelada, de la siguiente manera: “… Yo veía a Satanás, como un rayo, que caía del cielo…”, (Lucas 10: 17-18) y en el capítulo 12:31 de Juan, el Señor Jesucristo declara, que aquella gran batalla en que Satanás iba ser expulsado del cielo debía ocurrir  en el tiempo que Él estaba en la tierra, ejerciendo su ministerio: “…Ahora es el juicio de éste mundo: ahora el príncipe de este mundo será echado afuera…”. De modo que la visión que le fue mostrada a Juan en el capítulo 12:7-12 de Apocalipsis; se cumplió en aquel entonces. Del siguiente paso en cuanto el Señor Jesús cumpliera su misión en la tierra; el Apocalipsis relata: “…entonces su hijo fue arrebatado para Dios y su trono…”

 El apóstol Lucas en su segundo libro narra cómo fue el retorno del Señor Jesús a la diestra de Dios, luego de haber estado 40 días con sus discípulos (Hechos 1:1-9)  La Iglesia entonces, quedaba reducida a la Comunidad Apostólica, los versículos 12 y  13 de Apocalipsis 12, describen el desbastador ataque lanzado por Satanás (representado en aquel entonces por el Sanedrín y más tarde por el Imperio Romano) contra la Iglesia del Nuevo Pacto, el cual partió con la muerte de Esteban, a la que siguió el asesinato del Apóstol  Santiago. El momento, y el cómo de la fuga de la mujer (La Iglesia), al desierto lo indicó nuestro propio Señor Jesús en Mateo 24:15-20: “…Por lo tanto cuando viereis la abominación del asolamiento que fue dicho por Daniel, el profeta… los que están en Judea huyan a los montes. Y el que sobre el terrado, no descienda a su casa. Y el que esté en el campo no vuelva atrás…esta advertencia era absolutamente valedera, pues tras este acontecimiento el fin de los que quedaran en la ciudad, estaba sellado, tal como lo predijo el Señor Jesús: “… caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; Y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles se cumpla…” (Lucas 21:24) ¿Qué dicho de Daniel cita el Señor en este sermón? El profeta hablando de lo que conocemos como la profecía de las Setenta Semanas dijo respecto a los últimos momentos del tiempo asignado para lo que quedaba del Reino de Judá: “…y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio: después con la muchedumbre de las abominaciones será el desolar, hasta una entera consumación…”  Esto no es difícil identificar, Jesús vino a Jerusalén al remanente de Israel, y Juan da testimonio de la respuesta de sus hijos cuando declara: “a los suyos vino y los suyos no le recibieron…” (Juan 1:11), Por esto, cuando Jesús, una vez terminado su ministerio, muere en la cruz, los sacrificios de Judá perdieron todo valor delante de Dios, pues con esto comenzaba la era del Nuevo Pacto. Aquí se cumple la primera parte del versículo de Daniel 7:27. Luego de rechazar al Mesías, la nación en vez de recogerse a la Iglesia de Dios, se aparta aún más del camino correcto, lo que la llevará al fin predicho tanto por Daniel, como los demás profetas. ¿Cómo se salvaría la Iglesia del terrible final que le esperaba a la nación? En otra perspectiva del sermón profético entregado por Jesús en esa misma ocasión. Lucas recoge la siguiente recomendación dada a los apóstoles, los líderes de la Iglesia del Nuevo Pacto: “…Y cuando viereis a Jerusalén cercada de ejércitos sabed que su destrucción ha llegado, entonces los que estuvieren en Judá huyan…”. En el año 66 de la EC. se desata un levantamiento de la provincia de Judea contra Roma; cuando Floro, el procurador Romano, intenta grabar con impuestos los tesoros del Templo; De este modo comienza el último período de las guerras judías contra el Imperio Romano, antes que fuera destruida Jerusalén, por Tito. Fue precisamente en esta ocasión en que la Iglesia Del Nuevo Pacto, pudo cerciorarse del cumplimiento de las palabras del Señor Jesús, al ver la ciudad rodeada de los ejércitos romanos comandados por el gobernador de la provincia de Siria, Cestio Gallo. Sin embargo, la muerte de Nerón, que desencadenó una verdadera anarquía en el Imperio obligó a estas tropas a retirarse del sitio, lo que permitió que los miembros de la Iglesia abandonaran el lugar de acuerdo a la orden emitida por Jesús, en su Sermón Profético.     

Ahora bien, el versículo 13, de Apocalipsis 12 señala que una vez que el dragón fue arrojado a la tierra, persiguió a la Iglesia en la cual había nacido el Hijo de Dios, pero a ésta “le fueron dadas dos alas de grande águila para que de la presencia de la serpiente volase al desierto, a su lugar, a su lugar donde se mantendrá por tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo…”  Este relato bíblico corresponde precisamente al momento histórico en que la Iglesia de los Apóstoles abandona Jerusalén. Los versículos 15 y 16 del capítulo 12 de Apocalipsis denotan, que a Satanás le fue imposible ubicar a la Iglesia por un período de tres y medio tiempos proféticos; lo que equivale a 1260 años literales. Finalmente, el versículo 17, del capítulo en estudio, señal que airado contra la Iglesia; se fue a hacer guerra contra LOS OTROS DE LA SIMIENTE DE ELLA, LOS CUALES GUARDAN LOS MANDAMIENTOS DE DIOS Y TIENEN EL TESTIMONIO DE JESUCRISTO…. (¡Ya bien el próximo capítulo!)

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