Del Éxodo a la Monarquía.

(Aunque Ud. no lo crea III).

La entrega anterior termina con del último discurso de Moisés y la advertencia profética de Dios al patriarca, cercano al día de su muerte luego de cuarenta años de peregrinación en el desierto: “…Guardaos pues, no olvidéis el Pacto de Jehová vuestro Dios, que Él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de cualquier cosa que Jehová tu Dios te ha vedado. Porque Jehová, tu Dios, es fuego que consume, Dios celoso: Yo pongo hoy por testigos al cielo y la tierra que presto pereceréis totalmente de la tierra hacia la cual pasáis el Jordán para poseerla, no estaréis en ella largos días sin que seáis destruidos. Y Jehová os esparcirá entre los pueblos, y quedaréis pocos en número entre las gentes a las cuales os llevará Jehová: Y serviréis a otros dioses hecho de manos de hombre, a madera y a piedra, que no ven, ni oyen, ni comen, ni huelen…”

Como lo señalamos anteriormente, lo relatan Las Sagradas Escrituras y lo prueba la historia, la advertencia del líder elegido, no tuvo mayor respuesta y la nación entera dejó a Dios. El Libro del Éxodo en el capítulo 12:40 y la carta de Pablo a los Gálatas, aclaran que 430 años después del establecimiento del Pacto de la Circuncisión con Abrahán; Dios proporciona la salida de Israel del cautiverio egipcio, el día 15 de Abib de noche, luego de comer la Pascua el día 14 a media tarde; y luego, tras tres días de dura marcha, logran su libertad definitiva al cruzar el Mar Rojo (Números 33: 1-8) frente a Pihahiroth.

Cincuenta días más tarde 07/ Sivan/ 1523 A.C., asentado el pueblo a orillas del Monte Sinaí, Jehová establece el Pacto con Israel el que queda consagrado con la entrega de las Tablas de Piedra, que son la síntesis del amplio código de leyes que había de regir el destino de Israel, en el aspecto moral, social, y espiritual; una vez establecidos en la tierra prometida. (Éxodo capítulos 19 y 20) La adoración entonces estaba sujeta al Reglamento de Culto y el Santuario, donde habían de hacerse los diferentes sacrificios expiatorios por el pecado, o de limpieza corporal; además de Holocaustos establecidos en el Reglamento de Culto; además los presentes de gratitud y penitencias, la mayoría de las cuales,   eran autoimpuestas por los propios oferentes.

Las razones de esta dualidad en la adoración quedan claramente explicitadas en la carta del Apóstol Pablo a los Hebreos indicándonos que  los sacrificios de animales y de purificación, cuanto, a la carne, que regían los rituales en el santuario mundano, tenían un tiempo determinado que concluiría con la muerte de nuestro Señor Jesucristo (cap. 9:1-14) La vigencia del Reglamento de Culto por su parte, está claramente determinada en el texto de la Ley, otorgándole a este un carácter perpetuo, por cuanto, lejos de ser estas instancias elementos expiatorios, su valor intrínseco descansa en el simbolismo que cada una de ellas representaba para el futuro de la humanidad (Colosenses 2:16 y 17).

La estadía en el Monte Sinaí por un año completo fue el suceso que, pudo dejar a Israel ad portas de establecerse tempranamente como una nación, en la tierra de Canaán; pero hubo de postergarse aún por 40 años, ante la falta de fe manifestada por la nación, cuando, luego de conocer el informe de los espías enviados por Moisés a territorio cananeo con la misión de investigar las condiciones de la tierra, fueron rechazados abruptamente por las tribus de Israel (Números caps. 13 y 14)

Transcurrido el tiempo predicho por Dios, por fin los israelitas, gobernados ahora por Josué como líder político y Eleazar como sacerdote, inician la    conquista de la tierra de Canaán,(Josué caps.1 al 4), este mismo suceso marca el comienzo del período histórico de “Los Jueces” (1482 A.C.), que se extiende por tres siglos  y medio y se caracteriza en el ámbito político, por la gran anarquía imperante entre las doce tribus, a la par que en el plano espiritual  la relación con Dios no pudo ser más inconsecuente. El Salmo 78: 54-58, grafica con claridad este aspecto de la vida de la nación en este período: “…Metiólos después Jehová, en los términos de su santuario, en este monte que ganó con su mano derecha. Y echó gentes de delante de ellos y repartióles una herencia con cuerdas, e hizo habitar en sus moradas a las tribus de Israel. Mas tentaron y enojaron al Dios Altísimo, y no guardaron sus testimonios, sino que se volvieron y se rebelaron como sus padres…” Naturalmente, ya han pasado mas de tres siglos y medio Samuel era entonces, Juez y  profeta sobre Israel cuando ya  estaba terminando este período, aquí fue cuando las doce tribus pidieron al profeta levantar para ellos un rey, como era el uso de todas las naciones circundantes; compelidos, fundamentalmente, por la conducta de Joel y Abía, hijos de Samuel, que pervirtieron el derecho y la justicia delante de Dios y el pueblo. Entonces, con la elección del rey Saúl, de la tribu de Benjamín, comenzará un nuevo período en la historia de Israel: El Período de la Monarquía. Las SS.EE. informan que, por 120 años, y a través de tres mandatos (Saúl, David y Salomón) las doce tribus de Israel constituyeron un solo reino que progresivamente logró imponerse como “El Pueblo de Dios”, particularmente bajo los gobiernos de David y Salomón.

 

Aun cuando las bendiciones de Jehová fueron incontables durante el período para Israel, como un solo reino; la conducta del rey Salomón, distó mucho de lo que Dios esperaba de él como se da cuenta en el primer libro de Reyes en el capítulo 11:1-8, lo que trajo consigo   el enojo de Dios; que luego, levantó contra él adversarios y le notificó de su desafuero que marcaría finalmente el destino de Israel. Esto comenzará a tomar forma en el encuentro del profeta Ahías con Jeroboam oficial del ejército de Salomón, cuando le predice (Vers. 26-30) la división del reino determinada por Dios: “…Y trabando Ahías de la capa nueva que Jeroboam traía sobre sí, rompióla en doce pedazos, Y dijo a Jeroboam: he aquí Jehová romperá el reino de la mano de Salomón, y a ti te dará diez tribus, por cuanto han dejado a Jehová, y han adorado a Astarot, diosa de los sidonios, y a Chêmos dios de Moab y a Moloch dios de los hijos de Ammón; y no han andado en sus caminos, para no hacer  lo recto delante de sus ojos y no guardar sus estatutos y sus derechos como lo hizo David…” ( 1° Reyes 11:26-39) Podemos apuntar algunas razones por las cuales cayó definitivamente la nación en un tobogán del que solo la misericordia de Dios les hará retornar a la promesa dispuesta por Él en los días del pacto con Abraham. Entre estas como una alerta para su Iglesia hoy debemos mencionar:

– El pecado de idolatría del rey Salomón es sin lugar a dudas comparable con el materialismo de los dirigentes de las iglesias modernas, más preocupados de sus intereses personales que la enseñanza de la Verdad: “… Y dijo Jehová a Salomón: Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé el reino de ti, y lo entregaré a tu siervo…”. (1° Reyes 11:11).

 

-El adorar dioses ajenos no fue solo el pecado de Salomón también fue un pecado de la nación, que desde la perspectiva bíblica corresponde al adulterio espiritual, adorar en Israel dioses paganos; esto, entre otras muchas de negligencia concluyeron en esta debacle final, que aún no concluye, pues todavía los ojos del pueblo del pacto están nublados hasta que en el Israel Espiritual haya entrado el último gentil.

 

-Finalmente su sucesor, el Rey Roboam asesorado por muchos jóvenes como él, fijaron el desarrollo económico como la prioridad del reino, aumentando fuertemente los impuestos en desmedro de los más desposeídos (Proverbios 29:2) Por estas razones, a la muerte del rey Salomón las tribus se rebelaron contra Roboam el heredero natural del trono de Israel y el reino se dividió, siguiendo diez tribus a Jeroboam, tal como fue anunciado por Ahías, y dos tribus a Roboam, entre tanto la tribu de Leví se dividía entre ambos reinos.  Aquí comienza un nuevo capítulo en la historia de la nación, separada ahora en dos reinos menores: El Reino de Israel al norte con Sichem, como capital temporal; y al sur el Reino de Judá con Jerusalén como capital.

En el Reino del Norte y por casi 270 años gobernaron sucesivamente19 reyes repartidos en siete dinastías. En atención a su relación con Dios en general, fueron malos gobernantes, pues bajo estos diferentes gobiernos a partir de Jeroboam, el pueblo se apartó absolutamente de Jehová.

A pesar de la advertencia del profeta Elías, Jeroboam, temeroso que al llegar la fiesta de Cabañas, el pueblo  subiera a Jerusalén a adorar a Dios, y en estas circunstancias se sometiera al gobierno de Roboam, reunido en consejo con la cúpula de su gobierno; acordando levantar lugares de sacrificio en  Dan al norte, y Beth-tal al sur de Sichem; y celebrar las Fiestas de Las Cabañas el Octavo mes: Levantó además, Jeroboán, sacerdotes que no pertenecían a la tribu de Leví, erigió dos bececerros de oro, para que a través de los cuales el pueblo adorara a Dios; y el mismo se dispuso a sacrificar delante del altar. Finalmente, y luego de reinar durante 22 años murió Jeroboam, sucediéndole en el trono su hijo Nadab

(1° Reyes 12: 25-33) La conducta de éste, no fue mejor que la de su padre y de esta forma su destino ya estaba determinado por Dios, tal como le había sido profetizado a Jeroboam. Fue así, tras dos años de gobierno estando en guerra Israel con los filisteos, fue muerto por Baasa, (1° Reyes 15:27-34) su general en el campo de batalla, quién más tarde arrasó con toda la descendencia de Jeroboam; tal como había sido dicho por el profeta Ahías.  24 tormentosos años duró el gobierno de Baasa en los cuales vivió en idolatría  y  constante lucha contra el Reino de Judá, sin arrepentirse de sus pecados a pesar de las advertencias de Dios (1° Reyes 16:1-6)   La historia de estos primeros reyes del Reino de Israel, no es más que un reflejo de los que fue en general la conducta de las siguientes dinastías y de la propia nación, hasta llegar al tiempo del reinado de Oseas, su último gobernante, antes que el reino del norte fuera del todo raído por los asirios  y deportados sus habitantes a los más remotos lugares del imperio (Libro 2° de Reyes capítulo 17), al mismo tiempo, acorde con las costumbres asirias, Samaria, que para aquel “…Cuando Jehová haga tornar la cautividad de Israel, seremos como los que sueñan….” entonces era la capital de Israel, fue   repoblada por gentes transportadas de las regiones del Tigris y el Éufrates. La suerte ocurrida a las diez tribus que constituían el Reino de Israel, es absolutamente incierta para los historiadores, que no logran ponerse de acuerdo al respecto. Lo cierto y absolutamente comprobable es que muchos rasgos costumbres y ritos de su cultura, es posible encontrarlos en diferentes partes del mundo particularmente en Europa. Sin embargo esto, como todo lo que pueda acontecer a su pueblo está determinado por la voluntad de Dios; basta comparar un pasaje, en el libro de Los Reyes, escrito por el profeta Jeremías,  se da cuenta del pecado de Israel y como se apartaron de sus estatutos (2° De Reyes 17), nueve siglos antes, donde advierte por medio de Moisés que si esto acontecía, Él los echaría al mundo, y “… HARÍA CESAR DE ENTRE LOS HOMBRES LA MEMORIADE ELLOS…”         (Deuteronomio 32:26, 2° Reyes 17:18)

Aun cuando, se supone erróneamente, que la caída de Israel delante de Dios, implicaría su desafuero para siempre, Él, como tal, no desistiría del pacto concertado, pues este era un Pacto de carácter perpetuo tal como lo recuerda David en el primer libro de Crónicas capítulo.16: 15-17: “…Haced memoria de su Alianza y de la palabra que mandó en mil generaciones; del Pacto que concertó con Abraham, y de su juramento a Isaac. El cual confirmó a Jacob por estatuto ISRAEL POR PACTO SEMPITERNO…”

De manera que cuando algunas Iglesias Cristianas desestiman al pueblo de Israel, autodenominándose ellos “el Israel espiritual”, definitivamente están desconociendo, el verdadero sentido de las Escrituras, respecto al “Pueblo de la Promesa”; pues aunque existan Iglesias que guarde los Mandamientos y el Culto de Adoración, siendo ingeridas al pueblo de Israel, de ninguna manera reemplazan al Israel natural, delante de Dios. (Efesios 2:13-19) Acorde con este pensamiento, el apóstol Pablo en la carta a los Romanos en el capítulo 11: 25 y 26, indica: “Porque no quiero hermanos que ignoréis este misterio, para que no seáis acerca de vosotros mismos arrogantes: Que el endurecimiento, en parte, ha acontecido a Israel, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; Y luego, todo Israel será salvo, como está escrito…” Apocalipsis 7: 1-12) Es importante considerar en toda su

magnitud esta aseveración; pues, la restauración de Israel está establecida en las Escrituras. Dios hizo un pacto eterno con  Abraham respecto a esta Nación; y a pesar ha sido quebrantada, a causa de su propio pecado; a su tiempo Dios la recogerá de todas las naciones donde fue esparcida, como lo predijo el profeta Isaías (cap. 11:11-12): “Acontecerá, asimismo, en aquel tiempo, que Jehová alzará otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo que aún quede en Asiria, Egipto, Patros, Etiopía, Sinar, Hamat y las islas del mar. Y levantará pendón a las gentes, y juntará a los desterrados de Israel y reunirá los esparcidos de Judá de los cuatro cantones de la tierra…”   Nadie que lea las SS.EE. puede negar la importancia de Israel en el Plan de Dios. Él ha sellado para con ellos un Pacto Eterno e inquebrantable de su parte y el profeta Isaías ha declarado para el mundo entero la eterna voluntad de Dios para con su Pueblo diciendo: “Y este es mi pacto con Israel dice Jehová: Mi espíritu estará sobre ti, : y mis palabras que puse en tu boca, no faltaran ,ni en la boca de tu simiente; ni de la boca de la simiente de tu simiente, desde ahora y para siempre…” (Isaías 59:21)          

 

Entre tanto en Judá, el Reino Del Sur; paralelo a estos acontecimientos que transcurrieron en un período de 270 años, a partir de Jeroboam, según la cronología bíblica; sobre Jerusalén, gobernó la descendencia de David, con excepción del breve reinado de Atalía, descendiente del rey Acab, de Israel, y esposa de Joram, hijo primogénito del rey Josafat, de Judá; quién le heredó a su muerte. Durante los casi cuatro siglos de este período, en el disímil comportamiento de estos reyes se puede distinguir con claridad la rectitud de algunos como Asa, Josafat, Josías y Ezequías; que contrastó absolutamente con la impiedad de Achaz, Manasés y Amón. Entretanto hubo otros como Joas que, habiendo actuado a favor de la restitución de la justicia en su reino, finalmente se descalificaron delante de Dios (2° de Crónicas 24:11-27) Similar situación se da en reinado de Uzías, hijo del rey Amasias.

La historia de este reino, se puede dividir de esta perspectiva en cuatro períodos marcados por la impronta de la decadencia a la reforma reivindicativa, como sucedió desde la ineptitud del gobierno de Roboam a la grandeza del gobierno de Josafat. A la muerte de este con Joram en el trono, comienza un nuevo período de decadencia moral y espiritual del Reino que se prolongó por más de ciento cincuenta años, hasta que se instaló en el trono el Rey Ezequías; para dar comienzo a una nueva era de restauración. Veintinueve años de orden y acercamiento a Dios reportaron paz y prosperidad a Judá. A la muerte de Exequias, Manasés, su hijo, reina cincuenta y cinco años, sobre Judá. Al ascender al trono apenas de doce años de edad, sin lugar a dudas, la pésima conducción del gobierno se debió a sus malos consejeros que le asistieron. Cualquiera que fueran las causas, su maldad no tuvo límites, hasta cuando Dios levantó contra él, a los Asirios quienes tomando cautivo a Manasés lo condujeron encadenado a Babilonia. Las SS.EE, señalan que desde ahí clamó Manasés a Dios y se arrepintió de su pecado; acto que le valió el perdón de Dios, su libertad y la restitución a su tierra y su trono, Sin embargo, y a pesar de haber terminado sus días tratando de restituir a la nación a la Justicia y la Verdad; la nación siguió en el pecado. A la muerte de Manasés, el trono de Judá pasó a Amón, su hijo, quién haciendo honor a su nombre pagano, siguió los mismos pasos de Manasés al comienzo de su reinado, sin embargo, su impío caminar, terminó abruptamente cuando fue asesinado, apenas dos años después de haber iniciado su mandato. Josías, el hijo de Amón termina este tercer período en la historia de Judá; siendo un niño al ascender al trono, la buena influencia de Hilcías el Sumo Sacerdote de aquel entonces, encauzó  las sendas de éste buen rey que lucho denodadamente por la rectitud de la nación, fue ésta la última oportunidad de Judá, ya que a través de la historia y las Escrituras, nos podemos dar cuenta que el pueblo desechó absolutamente hacer la voluntad de Dios, luego de  treinta y un años de gobierno es herido de muerte, cuando   enfrenta al faraón egipcio Necao. Conducido en estado grave a Jerusalén muere poco después de llagar a la ciudad, a la edad de treinta y nueve años.

Tras la muerte de Josías, Judá entra definitivamente al tobogán que la ha de conducir al final de su historia, pues desde Joacaz, el rey sucesor, hasta Sedecías, no hubo un intento de rectitud delante de Dios, bástenos leer en el libro de Jeremías, la actitud de Joacim quien destruyó el rollo del profeta, pues no le agradó el contenido del escrito que contenía la reprensión de Dios a las transgresiones de su Santa Ley. Políticamente el destino de Judá estaba íntimamente ligado al devenir histórico de Asiria, Egipto y Babilonia, pues de alguna manera el gobierno de la región circunstancialmente se traspasaba de una mano a otra, en la medida de quien contará con el mejor ejército.

Tras la caída del reino de Israel, Judá había logrado sobrevivir, por medio de la sumisión tributaria primero a Asiria y luego a Egipto; pero el levantamiento de la coalición de los babilonios con los medos terminó con la hegemonía Asiria en el año 612 A.C. El establecimiento del Imperio Caldeo, era ya un hecho inminente, Asiria y Egipto entonces decidieron unirse para frenar a las fuerzas babilónicas, pero fueron derrotados definitivamente en la batalla de Carquemis hacia el año 609 A.C. De ahí en adelante Judá, regida por Joacim, pasó a ser subyugada por Nabucodonosor: Durante ocho años, se sometió Joacim a las órdenes del Imperio Babilónico; luego de este período, aprovechando el levantamiento de Egipto, se reveló contra el dominio Caldeo, dando lugar a la invasión de las hordas babilónicas, el primer asalto al templo, la primera deportación y el comienzo del cautiverio; que había de prolongarse por setenta años.

La Tribu de Judá está inserta en el Pacto de Dios con Israel por derecho natural; hay otras circunstancias que hacen especial a esta tribu entre las demás que componen la nación. Para analizar este punto debemos recordar algunas características del pacto de Dios con Abraham. Por una parte, contemplaba bendiciones materiales a Abraham, que se proyectarían en su descendencia también material concernientes a riquezas y poderío de la nación y el conjunto de naciones que saldrían de sus lomos. Pero por otro lado le prometió Dios bendiciones Espirituales que tenían que ver con “la Simiente”, es decir, el Señor Jesús, en su advenimiento, humano primero, y espiritual más tarde, cuando llegue a constituirse en la cabeza del Reino de Dios. A la muerte de Abraham Dios traspasa todas estas promesas a Isaac, del mismo modo que a la muerte de éste, las promesas del Pacto Abrahámico le son reiteradas a Jacob.

Ahora bien, Judá, fue el cuarto hijo de Jacob con Lea. En la bendición  profética, otorgada por el Patriarca a sus hijos, según el capítulo 49 del libro de Génesis, estando cercano el día de su muerte, a Judá le fue dicho: “… No será quitado el cetro de Judá, y el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh…”.

Esdras en el libro 1° de Crónicas en el capítulo 5:1 y 2, aclara esta situación, en que se le otorga “el cetro” a Judá, no siendo el primogénito de la familia. Por esta Escritura se entiende entonces que,  Rubén pierde la primogenitura, al mancillar el lecho de su padre; luego, los derechos materiales de la misma les fueron conferidos a los hijos de José (Efraín y Manasés) Sin embargo, el mayorazgo, es decir, “el cetro”, la autoridad sobre Israel, le fue otorgado a Judá, y por medio de él, a su descendencia, hasta cuando venga “Aquel” a quién le corresponde (Jesús en su segunda venida) tal distinción, de acuerdo al capítulo 49: 10 de Génesis. Dicho en otras palabras, Judá y su descendencia gobernarían sobre Israel hasta que retorne nuestro Señor Jesucristo, a quién pertenece la autoridad de regir y legislar verdaderamente y para siempre. Cuando el Arcángel Gabriel se presentó a María en parte de su salutación corrobora, que el Hijo de Dios era a quién le pertenecía el cetro de Israel, cuando le dice, respecto a Jesús: “…Y le dará el Señor Dios el trono de David su padre. Y reinará en la casa de Jacob por siempre, y de su reino no habrá fin…”.

 

A través de ésta y muchas otras escrituras entendemos que el Señor Jesús es el legítimo heredero de este trono; que, por supuesto no iba a ocupar en su primera venida, pues como el bien lo aclarara: “su reino no era de este mundo…” no era para este tiempo. Al aceptar este principio tal como está escrito, surge entonces, otra duda ¿Cómo entendemos que haya desaparecido el reino de Judá, si Jesús, aún no ha instaurado su reino?  La respuesta la encontramos en tomar nota que Dios estableció  a través de la bendición profética de Jacob a sus hijos, sanciones y bendiciones que podían ser refrendadas o confirmadas en la medida que los hijos de Jacob mantuvieran una  conducta digna, acorde con el privilegio que le confería el hecho de ser descendientes de Abraham. Al leer las SS.EE. Cualquiera se puede dar cuenta, sin embargo, que la vida de la tribu bendecida con “El Cetro” no fue, precisamente un dechado de virtudes delante de Dios. El capítulo 38 de Génesis declara que Judá, el patriarca, luego del incidente de la venta de su hermano José; se apartó de sus hermanos y se casó con una mujer cananea. Al enviudar, años más tarde, tuvo una relación fornicaria con Tamar, de la cual le nacieron dos hijos. Leamos como las Escrituras relatan este suceso, en los versículos 27 al 30, del capítulo antes mencionado: “…Y aconteció que, al tiempo de parir, he aquí había dos en su vientre. Y sucedió que cuando paría, sacó la mano el uno, y la partera tomó y ató a su mano un hilo de grana, diciendo: Este salió primero. Empero tornado él a meter la mano, he aquí su hermano salió primero; Y ella dijo: ¿Por qué has hecho sobre ti rotura? Y llamó su nombre Phares (Rotura) “… Y después salió su hermano, el que tenía el hilo de grana, y llamó su nombre Zara…” ¿Qué trascendencia podía tener este suceso, primero para que quedara anotado en las Escrituras y luego para que sorprendiera a la propia partera a punto de que exclamara estigmáticamente: “¿Por qué has hecho SOBRE TI ROTURA?” Al seguir, en las Escrituras, la huella de Judá y sus descendientes se puede observar que a pesar de que Judá, tuvo tres hijos antes de Phares y Fares, la línea genealógica del patriarca llega al Señor Jesús a través de la descendencia de Phares; tal como lo muestran la tabla genealógica a partir de Génesis, confirmada en la tabla genealógica de Esdras, en los primeros capítulos de Crónicas, y refrendadas ambas, por las tablas genealógicas de Mateo y Lucas en las Escrituras Griegas. Aún cuando Sedecías, el último rey de Judá, todavía  gobernó sobre el Reino del Sur, por once años, es evidente que en   Joacim, descendiente de Phares, se produjo la rotura del Pacto de Dios con la tribu de Judá, prevista proféticamente con varios siglos de antelación, con la irrupción de Nabucodonosor en Jerusalén.

El profeta Ezequiel, transportado también a Babilonia,  en los días de Joacim; en el capítulo 20. 1-44 de su libro, relata que, Hacia el séptimo año del exilio, es decir cuando todavía reinaba sobre Jerusalén Sedecías, tras la consulta de algunos ancianos del pueblo en el destierro, inspirado por Dios, Ezequiel recapitula toda la historia rebelde de Israel de la salida de Egipto hasta la caída y profetisa su redención y restauración futura. En el capítulo 21:1-27, Dios anuncia, el fin del reinado de Judá en forma definitiva. Puntualmente el versículo 25 es la sentencia del Rey Sedecías; en el versículo 26  declarando que “el Cetro” sería quitado de Judá, de este modo Israel dejaría de ser principal para Dios, y a través de un pueblo gentil cumpliría su voluntad en la tierra en aquel entonces; Sin embargo en el versículo 27, la profecía declara, que del revés que sufría el Pueblo de la Promesa sería tornado con todos sus privilegios,  a la Venida de Aquel del que es el derecho a tiara y la corona que ostentaba, hasta ese momento, Sedecías, el último rey de Judá En Jerusalén.

No se pierda la próxima entrega…

 

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