Cuando alguien toma la decisión de participar en un grupo religioso, sabe por qué va, sabe qué busca, o qué necesita y permanece allí en pro de resolver su problemática, sea ésta espiritual, física o material y así pueden pasar años, incluso generaciones hasta formular la pregunta esencial que lo lleve a alcanzar su propósito y ésta es ¿qué quiere Dios de nosotros?

Todos los seres humanos ejecutamos alguna función en la sociedad partiendo por los roles más básicos que nos corresponde cumplir como tales y que involucra necesariamente a otros; porque por definición somos seres sociales, incluso la conformación de grupos humanos o comunidades, ha permitido la diversificación de tareas lo que finalmente ha promovido el avance permanente de la ciencia y las diversas disciplinas de estudio que nos permiten tener cada década acceso a mayores comodidades y conocimiento que amplían nuestras expectativas de vida como especie.

Dada nuestra configuración social, estamos también permanentemente sujetos a la evaluación de parte de quienes nos rodean o de quienes dependen de nosotros, directa o indirectamente. El sentido común nos permite darnos cuenta, por ejemplo, que entre quienes ejercen diferentes funciones, hay personas que son más eficientes y responsables, que aman lo que hacen, mientras que a otros no les interesa mayormente cuán importante puede ser su aporte en el resultado final de las labores ejecutadas como colectividad, y esto ocurre en todo ámbito de la existencia humana; en nuestros roles como padres, hijos, cónyuges, vecinos comunitarios, jefes, empleados, etc. En otras palabras existen personas de excelencia, responsables, competentes y también personas mediocres, irresponsables, o definitivamente negativas o que cometen malas acciones que perjudican al resto de su comunidad.

Por cierto, lo que no cambia jamás es que todos estamos siempre sujetos a evaluación y que, naturalmente el resultado de esta evaluación nos permitirá ser bien o mal considerados en lo que hacemos, llámese hogar, trabajo, colegio, barrio, cuidad, país etc.

La Iglesia por supuesto no está exenta de esta ley natural, si se puede llamar así; cuando en la sociedad no somos exitosos o no conseguimos lo que queremos, tenemos responsabilidad en ello, si evaluamos nuestro desempeño, y decidimos especializarnos o perfeccionarnos para ser competentes, cambiaremos definitivamente el rumbo de nuestras vidas.

Por las razones que hayamos decidido ingresar a un grupo religioso, este es el punto de partida de un compromiso que establecemos tácitamente con Dios, un contrato en el cual así como esperamos recibir lo que necesitamos, solemos olvidar que debemos entregar al grupo al que nos integramos algo que Dios ve en cada uno, un aporte esencial que debe potenciar su Iglesia, así como también un cambio personal que nos insta a ser mejores y con ello fortalece al grupo del mismo modo, en suma, lo que Dios espera de cada uno de nosotros.

El apóstol Pablo en su carta a los Efesios en el capítulo 1 nos indica que Nuestro Señor Jesucristo es la cabeza de este cuerpo que es la iglesia; en el último versículo; sostiene que la Iglesia es la plenitud de Dios, es decir, aquí plantea que la Iglesia debe representar toda la manifestación de las virtudes de Dios en la tierra; entonces nos está marcando el nivel que todos juntos deberíamos alcanzar para ser considerado parte de este dilecto grupo: La Iglesia de Dios Verdadera.

En el tiempo del profeta Jeremías, refiriéndose Dios a su pueblo, cuando Israel, había caído en la apostasía, les pregunta a través del profeta: ¿Es mi heredad ave de muchos colores? (Jeremías 12:9) ¡Por supuesto que no! Su Iglesia será perfeccionada en el tiempo por el Espíritu Santo y debe ser sujeta absolutamente a su Palabra. El dicho de nuestro Señor Jesucristo: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen”, tiene que ver con que finalmente la Iglesia Verdadera será notoria entre tanta Apostasía imperante.

El apóstol Pablo, en su carta a los Corintios en el capítulo 12 compara a la Iglesia con el cuerpo humano y cuando ejemplariza la perfección del funcionamiento de los órganos de nuestro cuerpo que nos permiten mantenernos vivos y consientes, está haciendo una analogía con lo que debe ser el funcionamiento dela Iglesia en general universalmente; y como deberá actuar cada persona dentro de la Iglesia. Esta comparación debiera hacernos meditar profundamente en donde estamos sirviendo a Dios, pues la Iglesia de Dios, es una sola, única, y está hoy establecida en el mundo entero; no se trata solo que estén presente en todo el mundo, sino hablen y hagan lo mismo en todas partes; y que su hacer, cuadre perfectamente con lo ordenado en las Sagradas Escrituras.

Meditar respecto a la analogía de la funcionalidad de la Iglesia y el cuerpo humano, nos puede dar una idea de lo que Dios quiere de la Iglesia, y no nos debe caber ninguna duda que aunque esto parezca difícil de lograr; la voluntad de Dios siempre se va a cumplir. Veamos algunos detalles sobre este parangón puesto en las Escritura:
Se sabe que aproximadamente 80 billones de células componen el cuerpo humano. Las células son unidades biológicas que forman tejidos que incrementan los diferentes sistemas y órganos; que permiten en su perfección que los seres humanos seamos una impresionante máquina biológica que funciona con una increíble precisión.

El propósito de la Iglesia en el mundo era algo que el Hijo de Dios en su ministerio terrenal conocía a la perfección y le preocupaba. Esto se entiende en el registro del libro de Juan en el capítulo 17, cuando rogaba a su Padre para que sus discípulos y todos los que se adhirieran a esta Fe única, revelada en el Monte Sinaí, pudieran construir la estructura perfecta, semejante al cuerpo humano, que debía llegar a ser la Iglesia La iglesia Del Nuevo Pacto. El capítulo 7 de Apocalipsis, versículos: 1, 2, 3, 4, y 9 en la visión del apóstol Juan se nos muestra la importancia de alcanzar esta meta; cuando en los días del fin, los hijos de Dios sean señalados para que el mal que sobre vendrá al mundo no le alcance:
”… Y vi otro ángel que subía del nacimiento del sol, teniendo el sello del Dios vivo: y clamó con gran voz a los cuatro ángeles, a los cuales era dado hacer daño a la tierra y a la mar, Diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que señalemos a los siervos de nuestro Dios en sus frentes. Y oí el número de los señalados: ciento cuarenta y cuatro mil señalados de todas las tribus de los hijos de Israel. Después de estas cosas miré, y he aquí una gran compañía, la cual ninguno podía contar, de todas gentes y linajes y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y palmas en sus manos…”

Sin embargo, en las Escrituras Griegas el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo, refiriéndose a que no todas las personas somos, ni respondemos iguales dentro de una “comunidad cristiana” escribió lo siguiente: “…Mas en una casa grande, no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro: y asimismo unos para honra, y otros para deshonra. Así que, si alguno se limpiare de estas cosas, será vaso para honra, santificado, y útil para los usos del Señor, y aparejado para todo buena obra…” Esto significa que aun siendo todos diferentes, si pretende la denominación religiosa donde Ud. concurre ser la Iglesia Verdadera, la Palabra de Dios señala metas y formas de vida que cada cual, y por ende cada grupo que se precie como tal debe alcanzar, para hacer posible que podamos ser parte un día de la Verdadera Iglesia de Dios.

Al leer el libro de Malaquías en el capítulo 3:2-3, aparece la resolución de Dios respecto a Israel, a través, del profeta nos entrega una preciosa lección respecto a que quiere Dios de nosotros, cuando dice:
“…HE aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos. ¿Y quién podrá sufrir el tiempo de su venida? o ¿quién podrá estar cuando él se mostrará? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y sentarse ha para afinar y limpiar la plata: porque limpiará los hijos de Leví, los afinará como á oro y como á plata; y ofrecerán a Jehová ofrenda con justicia.

Esta analogía presentada al profeta Malaquías nos lleva a considerar el nivel de excelencia que requiere de Dios de su Iglesia, y por ende de cada uno de sus servidores al momento que Él nos pida cuenta. Al preguntarle a un antiguo orfebre que pulía y pulía incansablemente un vaso de plata respecto a cómo se sabía cuándo estaba listo el vaso para ser puesto en vitrina; el orfebre contestó que cuando su imagen se viera reflejada en el vaso entonces la tarea estaba terminada. Esto es precisamente lo que quiere Dios enseñarnos con esta escritura, cada persona, como así mismo cada Iglesia que presume ser una iglesia verdadera, debe reflejar en su accionar, sus enseñanzas y actitudes la voluntad perfecta de Dios tanto en sus relaciones con Él, como con sus semejantes, tal como lo indica en su Palabra en Deuteronomio cap.4:2, 6, 7 y 8: “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno Guardadlos, pues, y ponedlos por obra: porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia en ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, gente grande es ésta. Porque ¿qué gente grande hay que tenga los dioses cercanos a sí, como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos?”

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